Semblanza al padre del ecologismo en Colombia: Gonzalo Palomino Ortíz

lapipaco19 abril, 201854min23291
Apartes de la semblanza que será publicada en un libro sobre profesores destacados de la Universidad del Tolima. Gonzalo Palomino falleció este miércoles, a los 82 años de edad.
Gonzalo Palomino Ortiz fue el segundo de los cuatro hijos que tuvieron Carlota y Tácito. Nació en Chimichagua, Cesar, el 10 de enero de 1936. Es tolimense por adopción y un ciudadano del mundo por convicción. Es también un personaje fascinante, un hombre excepcional, un auténtico rebelde, un romántico incorregible. Foto: suministrada.

 

Por Beatriz Jaime Pérez*

(…)

En una época en la que la mayoría de profesores de la UT no iba ni siquiera a Bogotá por razones de trabajo, Palomino recorría los países latinoamericanos, africanos y europeos hablando y escuchando hablar sobre un tema que todavía era ignoto para los colombianos: la ecología.

A mediados de la década de 1970 Palomino visitó y se hospedó por varios días en el campamento de Dian Fossey, la zoóloga norteamericana, cuando ella todavía no había ganado ni la fama ni el reconocimiento mundial que varios años después obtuvo con la publicación de Gorilas en la niebla, el libro que expone los resultados de su trabajo de campo realizado durante más de 20 años en las montañas de Virunga, Ruanda, y que constituye una historia fascinante de lucha por la defensa del hábitat de esta especie de primates.

Un dato que pocos saben es que Fossey también estuvo en Ibagué, invitada por Palomino. Los dos alcanzaron a trenzar lazos de amistad por un tiempo pero, como es sabido, ella fue asesinada en diciembre de 1985, probablemente por los mismos cazadores de gorilas que se empeñó en contener y perseguir.

La historia de esta importante primatóloga, y de su trabajo científico y conservacionista en Ruanda, fue llevada al cine en 1988 y fue hasta entonces que su nombre y su trabajo alcanzaron la fama mundial. Pero antes de todo eso, los ecólogos del mundo, Palomino entre ellos, ya habían reconocido a Fossey como un paradigma de la lucha por la preservación de los ecosistemas.

Palomino conserva nítidos los recuerdos de su primera experiencia esencial con los misterios de la tierra. Fue el día que su padre le enseñó a plantar una rosa de maíz, en Chimichagua, Cesar, cuando él era apenas un niño volantón. Desde esa época se volvió adicto al maíz y aprendió a comerlo en todas sus variedades y formas posibles. Muchos años después, habría de sufrir un impacto emocional que moldearía para siempre su relación con este grano atávico y también su apuesta política por la ecología.

Ocurrió a finales de los años 50, cuando Palomino estudiaba Agronomía en la Universidad Nacional de Colombia, sede Palmira. Por esa época, el ICA adelantaba un proyecto de investigación sobre el maíz, financiado por la Fundación Rockefeller, y lo contactaron para que trabajara una temporada, a peso la hora, en el dichoso proyecto. Palomino, que sentía un gusto particular por ese cultivo y un gran interés por la investigación científica, no tuvo ningún reparo en cancelar sus vacaciones, y entusiasmado se quedó a trabajar al lado de un importante grupo de profesionales.

En largas jornadas, el joven universitario midió con minuciosidad la altura de las plantas, la longitud de los entrenudos, la anchura de la hoja, el grueso del grano, el número de hileras… todo. Luego, en un acto solemne y bellísimo, según recuerda Palomino, el ICA le entregó a la Rockefeller los resultados de esa investigación. Lo que Palomino no supo en su momento es que la información recabada por él, trabajando a peso la hora, más la que logró el equipo de ingenieros del ICA, era exactamente el cuadro genético de aquella planta sagrada de las sociedades ancestrales de América, con el que más tarde los Estados Unidos habrían de desarrollar y patentar el maíz transgénico.

 

“En ese tiempo nadie hablaba de genes. Les entregamos todo ese material genético sin saberlo. Yo me sentía protagonista de la historia y lo más grave es que yo creo que la gente del ICA tampoco lo sabía”, asegura Palomino, mientras sigue describiendo las terribles consecuencias de este suceso que para él constituye una gran felonía.

 

En su segundo o tercer viaje a México, no lo recuerda bien, Palomino vio cómo la tortilla de maíz, herencia de las grandes civilizaciones de Mesoamérica, se partía entre sus manos porque había perdido la textura. Supo entonces que el maíz ahora provenía de una semilla modificada genéticamente, y que la planta ya no importaba porque en esa condición había perdido toda su capacidad reproductora. Esto le produjo un sacudimiento. “Fue como una patada en las güevas”, dice en su típico lenguaje costeño.

Otras patadas de ese calibre ya las había recibido antes cuando militó en el Frente Unido de los Pueblos, y muchas más habría de recibir a lo largo de su prolija vida como defensor de los recursos naturales, de la diversidad ecológica y del ambiente en general.

Pasados varios años, Palomino disfrutó apoyando la dura pelea que emprendió un hombre en Alemania, de cuyo nombre no se acuerda, quien tuvo el valor de enfrentarse a una poderosa trasnacional por defender la semilla de maíz que a finales del siglo XIX había descubierto su abuelo. La poderosa transnacional quería apropiarse de la semilla porque ella contenía genes de una especie de maíz distinta.

El campesino alemán les escribió a muchos ecólogos del mundo, incluyendo a Palomino, a quienes les pidió ayuda para financiar la defensa de su semilla. Palomino se solidarizó no solo enviando la ayuda económica que necesitaba, sino denunciando el atropello a través de sus textos escritos que ya circulaban por el mundo en forma de SOS Ecológico, el boletín que publicó por 20 años. Esa historia tuvo un  gran impacto mundial, según cuenta Palomino.

 

(…)

Un capítulo principal en la vida de Palomino es el que vivió junto a Camilo Torres Restrepo, el sacerdote católico, precursor de la Teología de la Liberación y profesor universitario que escribió una importante página en la historia intelectual y política de América Latina por sus contribuciones en la fundación y desarrollo del programa de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia, la organización y dirección del movimiento político Frente Unido de los Pueblos y, finalmente, por su decisión de ingresar a las filas del grupo guerrillero ELN, donde murió, inerme, en un torpe e infame enfrentamiento con tropas del ejército regular, en San Vicente de Chucurí, Santander, el 15 de febrero de 1966, una acción militar que Palomino nunca le perdonó a Fabio Vásquez, comandante de esa guerrilla para el momento.

En esas vacaciones que Palomino había dedicado a trabajar en el ICA, a peso la hora, conoció a Camilo. Sus compañeros de estudio, con quienes había fundado un cineclub en Palmira, lo buscaron afanosamente un día para invitarlo a una conferencia que se daría en la Universidad del Valle. Eran Camilo y Germán Guzmán Campos, el autor principal del libro La Violencia en Colombia, quienes hablarían en aquella conferencia. El tema central era la reforma agraria, la pobreza, la inequidad y la violencia en los campos colombianos.

Ese día Palomino se destacó por sus intervenciones y sus preguntas, de suerte que, al finalizar la conferencia, Camilo lo buscó entre la multitud de jóvenes para invitarlo a una reunión que se produciría al siguiente día en un barrio de invasión de Cali.

 

“Era la primera vez que yo escuchaba un discurso en favor de los invasores. Eso me sorprendió mucho… Así me fui enrollando con ellos hasta que comencé a militar con los muchachos de Camilo”, dice Palomino, y agrega que en adelante tuvo que enfrentar la paradoja de luchar por un ideal de justicia e igualdad, al mismo tiempo que trabajaba en el ICA, a peso la hora.

 

Cuando Palomino se recibió como ingeniero agrónomo se fue con Camilo para los llanos orientales a realizar trabajos de formación con los campesinos del Casanare.

 

“Un día cualquiera me dijo ‘nos vamos para Yopal’. La tesis de Camilo era que las grandes extensiones de tierra en los llanos orientales estaban en manos de unos pocos ricos, y que los vaqueros aguantaban hambre, junto a sus familias. Que esos trabajadores solo tenían opción de comer carne cuando llegaba el rico y daba la orden de matar un novillo.”

 

Fundaron la UARY (Unidad de Acción Rural de Yopal) una escuela agrícola que de la noche a la mañana tuvo más de cien jóvenes llaneros estudiando. Aquel proyecto estaba pensado en términos de una realidad social particular, una interpretación ecológica diferente, con soluciones biológicas y conciencia llanera al estilo de Guadalupe Salcedo, según narra Palomino.

 

“Pero la realidad era que nosotros estábamos haciendo agronomía ‘entregada’ y no lo sabíamos. Como a una hora de Yopal había un hato ganadero cuyo dueño era nadie menos que el coronel Román.” El coronel al que se refiere Palomino era Eduardo Román Bazurto, fundador del DAS Rural, “y el que comandaba a los matones del llano.”

 

La UARY era un proyecto paralelo al del DAS Rural, financiado por el Incora. “No sé cómo hizo Camilo para venderles esa idea a los del Incora, pero lo cierto es que estábamos en la ‘boca del lobo’ sin saberlo. De hecho, los hijos del coronel Román era amigos míos”, continúa narrando Palomino, quien para aquel momento era apenas un joven agrónomo de 25 años, que creía en el proyecto político de Camilo, pero que ignoraba todo lo que se cocinaba en esa zona del país.

 

“A nosotros nos visitaban esos matones para preguntarnos qué estábamos haciendo y yo les mostraba. En últimas, nosotros fuimos protegidos por el DAS Rural, pero no sospechábamos lo que en el fondo estaba pasando. Creo que hicimos el papel de bobos allá en los llanos”, concluye Palomino.

 

Como haya sido, Palomino fue feliz en esas sabanas del oriente colombiano. Cuando llegaba Camilo, escuchaban música llanera y hacían largas cabalgatas. “A Camilo le gustaba el joropo”, dice, y cuenta también que en las muchas eucaristías realizadas en esos vastos territorios siempre  adaptó su sermón litúrgico al nivel de aquellos muchachos cuya cultura política era tan precaria como sus mismas condiciones materiales.

Palomino enseñó a esos jóvenes a escoger semillas y a sembrar hortalizas. A producir comida para que luego ellos enseñaran a la gente de sus veredas.

 

“En el primer ciclo logramos 29 huertas caseras. Camilo las visitó una por una; soñaba con un proyecto similar para todos los campesinos. Construimos dos casas y teníamos más de 60 hamacas colgadas. Hicimos muchas cosas, pero nos tenían vigilados. Cualquier cosa que uno intentara hacer estaba neutralizada por lo alto.”

 

Pero Palomino no lo sabía, al menos no en ese momento. Tan ajeno estaba a todo ese movimiento contrarrevolucionario encarnado en el DAS Rural, que les contaba con desprevención las razones por las que el caballo de Camilo se llamaba ‘Veintiséis’. Palomino y Camilo habían comprado un caballo al que bautizaron de ese modo por la admiración que les producía el Movimiento 26 de Julio, con el que Fidel Castro había logrado la revolución en Cuba.

En esta parte del relato Palomino se ríe, hace pausas largas y continúa describiendo las caras de asombro que ponían aquellos hombres del DAS Rural al escuchar el extraño nombre con que bautizaron al caballo. Se ríe sobre todo de sí mismo, por su ingenuidad, que era casi rayana con la candidez.

Un día Camilo lo mandó a llamar de urgencia. Palomino llegó a Bogotá sin saber que ya no regresaría más a ese trabajo que tanto disfrutaba realizar en los llanos orientales. Al día siguiente se reunió con Camilo y con Marguerite-Marie Olivieri, la inseparable compañera de Camilo, a quien todos llamaban cariñosamente Guitemie.

Ella era un personaje central en la vida de Camilo desde 1957 cuando la conoció en París, mientras acompañaba a los pieds noirs   —pies negros— un movimiento en el que ella luchaba por la liberación de Argelia. Guitemie vino a Colombia a sumarse al trabajo político del Frente Unido y fue, según los biógrafos de Camilo, su amiga, confidente y secretaria.

Aquella noche conversaron largamente y una de las cosas que le dijo era que al día siguiente debía ir a la Universidad Nacional a hablar con el decano de Agronomía, que para entonces era Luis Eduardo Mora Osejo. Ajeno por completo a los planes que le esperaban, Palomino buscó al decano. Este le informó que debía irse para Pasto donde ya tenía un empleo como profesor de la Universidad de Nariño. Fue un momento desgarrador.

 

“Me dijo simplemente que el proyecto de los llanos ya se estaba terminando y que me tenía que ir para Pasto.” 

 

Pero eso no era lo único que le esperaba a Palomino. En ese momento Camilo ya sabía que se sumaría a las filas del ELN y por eso necesitaba dejar salvaguardados a los jóvenes entusiastas que lo habían acompañado en el Frente Unido. Intuía que la represión contra esos muchachos y sus familias iba a ser terrible en cuanto se conociera su decisión de convertirse en guerrillero.

 

“Camilo empezó a organizarnos la vida a todos. Comenzó a casarnos a los que estábamos ennoviados. Y a ubicarnos en puestos de trabajo distantes de Bogotá. A las peladas que no quisieron casarse, las mandó fuera del país. Él presentía que se venía una persecución mortal.” 

 

Así es que una mañana, Camilo le dijo algo así como Gonzalo conseguí la iglesia, te voy a casar esta tarde”. Y en efecto llegó Palomino en compañía de su novia Beatriz Nivia, y Camilo los casó aquella tarde, en una ceremonia que Palomino todavía no sabe con qué adjetivos describir: si triste o simplemente extraña. Para un costeño parrandero, amante de la música y el bullicio no era fácil estar en un templo vacío, sin amigos, sin familia, sin música, sin fiesta, sin regalos, sin felicitaciones, sin todo ese ritual que se estila cuando se celebra el amor.

Entre las tantas cosas que Palomino ignoraba, y que solo ha deducido muchos años después, es que por largo tiempo estuvo sometido a una especie de “examen” que finalmente reprobó. Camilo jamás le propuso, ni siquiera como una insinuación, que lo acompañara en su nuevo proyecto político-militar, quizá porque “se dio cuenta que no servía para eso”.

Pasados varios días, Palomino se reunió con Camilo una noche, sin saber que aquella sería la última vez que lo vería. En esa ocasión le habló sobre la necesidad de que se fuera para Pasto y en medio de la conversación, en la que Palomino no sospechó que se trataba de una despedida, Camilo le obsequió su pequeña cámara fotográfica. “Toma, úsala en el trabajo”, o algo así recuerda Palomino que le dijo.

Los tres años que Palomino pasó en Pasto son probablemente los más desventurados de su vida. Varias veces se negó a hablarme de ese tema, hasta que de tanto insistirle, por fin una mañana, taciturno, soltó algunas frases, pronunciadas con el dolor infinito que le produce recordar la muerte de ese portentoso líder político que fue Camilo.

 

“Me enteré en un corredor de la universidad, por Octavio, que habían matado a Camilo. Me lo dijo así nada más. ¡Cómo sería, que yo ni siquiera le creí!”

 

Quedó como en una especie de nebulosa, viviendo una vida que ya no tenía mucho sentido, enseñando unas asignaturas que no le despertaban ningún interés, sin amigos con los que pudiera pasar ese trago tan amargo, esa frustración, ese desencanto que no tenía fin; y sin noticias de nadie porque muchos estaban fuera del país y otros sufriendo las consecuencias de la clandestinidad.

Rememorar este pasaje es punzante para Palomino. Tanto, que le produce calambres en el estómago.

Recuéstese, Gonzalito  le dice Teresa preocupada  es que estar tanto rato sentado le hace dar cólicos — le explica.

Pero ella sabe que no es por eso, de modo que me hace una mirada con la que me advierte que es mejor cambiar el tema.

Camilo no tenía que estar ahí — repite Palomino con voz apagada y en medio de muchas pausas. Él se reprocha no haber sabido nada, no haber presentido nada. No se perdona haber aceptado, sin hacer preguntas, el trabajo en Pasto, una ciudad donde quedó desconectado de todos, donde la soledad fue su única certidumbre. Sigue hablando en voz baja mientras hace gestos de dolor. Un dolor que sentía en el estómago, seguramente la parte del cuerpo donde aquella mañana tenía ubicada su alma.

Aquel fue un tiempo duro, arrasador, infértil, que le dejó una herida extensa y un vacío hondo que solo comenzó a colmar a finales de 1969 cuando llegó a la Universidad del Tolima.

 

(…)

En un almuerzo que duró hasta que se juntó con la cena y continuó hasta la media noche, el rector Rafael Parga Cortés convenció a Palomino de que se vinculara a la Universidad del Tolima. Parga es el mayor descreste que uno puede tener en la vida. Llegamos a un restaurante, me puso una botella de whisky que no dio un brinco y me convenció.”

Palomino había llegado a Ibagué, una ciudad que no estaba ni remotamente entre sus planes, por invitación que le hizo el rector, a través de Mario Mejía, quien para entonces era el decano de la Facultad de Ingeniería Agronómica de la UT.

El viaje entre Bogotá e Ibagué fue un disfrute para Palomino. Admiró los montículos de plantas de ajonjolí secándose al sol que se veían desde la carretera, cuando todavía su cultivo no era mecanizado.

Él estaba en Bogotá disponiendo todo para salir de Pasto rumbo a Santa Marta, donde se establecería con su esposa. En eso había quedado con ella, quien mientras tanto estaba en Palmira esperando que él hiciera los arreglos para salir de Pasto. “Imagínate lo que fue para Beatriz cuando yo regresé por ella y por las cosas que teníamos en Pasto y le dije que ya no nos íbamos para Santa Marta sino para Ibagué.”  Superado el primer impacto de su mujer, viajaron a la capital tolimense, una ciudad que de acuerdo con Palomino lo recibió como si se tratara de un paisano más.

Se vinculó a la UT como profesor de planta a comienzos de 1970. “Mi llegada a la Universidad fue de otra dimensión. Parga nos dejaba hacer todo lo que quisiéramos”. Palomino se refiere a que el rector apoyaba cada proyecto que los profesores propusieran, pues en aquella época la UT era todavía una institución conservadurista en muchas de sus prácticas académicas, cuyos docentes desempeñaban su labor con mucho apego a la tiza y el tablero, de suerte que cuando alguno llegaba con una propuesta que constituyera un quiebre de esa realidad, Parga se ilusionaba y de inmediato desplegaba todo el apoyo institucional que tenía a su alcance para permitir el desarrollo de cuanto significara una transformación.

Desde mucho antes de llegar a la UT, Palomino era un hombre perfectamente enterado de las preocupaciones sobre el ambiente que se venían expresando en varias regiones del mundo, desde comienzos de la década de 1960, y que les dieron origen a los primeros movimientos ecologistas que lucharon contra poderosas empresas contaminadoras.

Inspirado en varios actos simbólicos que se estaban llevando a cabo en Estados Unidos, Palomino llegó un día a la oficina de Parga Cortés a decirle que quería celebrar el Día Mundial del Medio Ambiente en la UT, con los estudiantes de Agronomía. Por supuesto, Parga lo secundó.

Frente a la mirada atónita de unos profesores y los comentarios de censura de otros, los estudiantes de Palomino empapelaron la Universidad con avisos completamente inéditos hasta el momento, que hacían alusión a la necesidad de proteger el medio. Eran avisos llamando la atención sobre el daño ambiental que causaban los automóviles, los jabones, los detergentes, los plaguicidas, la tala indiscriminada de árboles y la producción descontrolada de algunas empresas cuyos desechos químicos eran vertidos en cuencas hidrográficas.

Esa primera acción dirigida por Palomino, en junio de 1972,  se constituyó en el germen de lo que después se conocería como el Grupo Ecológico de la Universidad del Tolima, con el que construyó una estructura compleja de pensamiento ambiental, que más tarde sería reconocido por la Organización de las Naciones Unidas.

Palomino no solo es un pionero en Colombia; también lo es de América Latina. En el libro ABC de la Biodiversidad, editado por la Universidad Nacional de Colombia, se reconoce al Grupo Ecológico de la Universidad del Tolima como la primera organización en la historia de las luchas por la defensa del medio ambiente en la región.

No es exagerado decir que la primera noticia que tuvieron muchas universidades del mundo sobre la existencia de una institución colombiana llamada Universidad del Tolima fue el trabajo ecológico desarrollado por Palomino.

De hecho, una anécdota ocurrida a César Velandia Jagua, a finales de los años 90, en Santiago de Chile, da cuenta de esta afirmación: llegó Velandia a la Pontificia Universidad Católica de Chile buscando a una persona que lo había invitado a un evento académico, y cuando se estaba presentando como profesor de la UT, alguien saltó para decirle algo así como ah, usted es de la Universidad del Tolima. Por favor, ayúdeme a contactar al profesor Gonzalo Palomino, el que hace el SOS Ecológico.

Velandia cuenta que experiencias similares a esa le ocurrieron a él y a otros miembros de la comunidad universitaria en varias partes del mundo.

Palomino ha sido el comandante y el inspirador de al menos dos generaciones de defensores del ambiente en el Tolima y en otras regiones del mundo. Por su trabajo educativo, constante y sistemático, logró que muy pronto el país identificara al Tolima como una región pionera en el tema ambiental.

En el homenaje que la Universidad le hizo cuando presentó oficialmente la Cátedra Ambiental, que lleva su nombre, uno de los invitados al evento, Julio Carrizosa Umaña, dijo en su discurso que no era una casualidad el hecho de que el modelo colombiano de desarrollo, basado en la locomotora minera, hubiera empezado a fallar justamente en el Tolima.

Explicó que esa respuesta de las comunidades tolimenses es la manifestación más palmaria de que la cultura se ha transformado; que esta sociedad ha entendido que el ambiente es una totalidad que se debe defender; que esa defensa pasa por la preservación de los territorios y que Gonzalo Palomino fue el fundador de esa corriente de pensamiento en la que se formaron los ambientalistas actuales.

En ese mismo acto, Carrizosa Umaña les recordó a las nuevas generaciones de estudiantes que la educación ambiental en Colombia comenzó con los SOS de Palomino. Dijo que cuando empezaron a llegar a Bogotá esos Boletines, se comenzó a escribir el Código de Recursos Naturales y Protección al Medio Ambiente, el Decreto 2811 de 1974, y que fue de ahí que surgió el concepto de Educación Ambiental y se ordenó la existencia de cátedras como guía.

Gustavo Wilches-Chaux, reputado especialista en Derecho Ambiental, asegura que Palomino ha sido brújula, bastón y lámpara para los miles de  discípulos que están trasegando los caminos del ambientalismo y de la educación ambiental. Wilches-Chaux dice que ese proceso denominado hoy cambio climático fue advertido por Palomino hace más de 40 años, gracias a  su mirada visionaria. Y agrega que lo hizo no solo desde el punto vista científico sino haciendo énfasis en sus implicaciones sociales: 

 

El mar va a subir de nivel, nos advertía a los cachacos, y como muchos territorios costeros se van a volver inhabitables, los costeños nos vamos a trasladar masivamente con nuestras grabadoras a las ciudades andinas.

 

También fue Palomino quien introdujo en las universidades colombianas la discusión que llevó a hacer distinciones conceptuales entre ecología y ambiente según Carrizosa Umaña y a entender que el ambiente no se refiere solo a lo no humano, sino todo lo contrario: que el ambiente es la totalidad, es lo humano y lo no humano.

 

(…)

Nacido de las entrañas de la cultura anfibia, la niñez de Palomino no podía ser más feliz. Creció entre bogas y pescadores; agricultores y vaqueros; en un territorio diverso y propicio para el desenvolvimiento de su vocación ecologista. Admiró tanto a los armadillos y a los ñeques como a los chavarris y a los pisingos. Aquella fauna silvestre, de monte o playonera, lo rodeó desde que tuvo memoria. Incluso, siendo niño, crió un armadillo en su casa al que consintió y quiso mucho. 

En “las playas de amor de Chimichagua”, como describe su primo José Barros Palomino en La piragua a la Ciénaga de Zapatosa, Gonzalo aprendió sus primeras lecciones de ecología. Con otros niños, “desnudos, con el agua hasta la cintura, corríamos aguas adentro para asustar a los pisingos…La meta era que cada uno agarrara el suyo… no importaban las sanguijuelas que inoportunamente se metían a la cadena alimenticia succionando nuestras piernas y un poco más arriba…”

Consiguió su “mayoría de edad” en esas travesías por el playón. Palomino las compara con las primeras cervezas invitadas por Eloi, un obrero del trapiche panelero que tenía su abuelo Faustino, y que formaba parte de una gallada de pelaos que se iba por las tardes a realizar sus primeras tentativas por convertirse en hombres.

Aprendió a tejer esteras de Majagua a fuerza de ver a su abuela Mercedes Brache, quien tejía y tejía mientras le contaba toda la ciencia que hay detrás de una mochila, una jáquima o un chinchorro elaborados con fibra vegetal.

Sus padres Carlota y Tácito le enseñaron, cada uno desde su perspectiva, un sentido amplio de libertad y de amor por ese territorio. Y él, por su parte, en armonía con ese ambiente social y natural, fue desarrollándose hasta convertirse en un ciudadano planetario con sello tropical.

Se dejó extasiar por el trinar de los turpiales que anidaban en las copas de los árboles, lo mismo que del canto de los gallos que avizoraban el retorno de un nuevo día. Palomino dice que fue con estos cantos cuando empezó a comprender que el agua no es eterna, y que la vida silvestre de los ecosistemas de la Ciénaga de Zapatosa existe gracias a otros ecosistemas, distantes del trópico, como los páramos y los extremos polares.

Para saber dónde nacían las aguas que lo habían bañado desde niño, se fue muchas veces cordillera arriba hasta el Macizo Colombiano donde nace el río Magdalena. Admiró el valle y se dejó seducir por la niebla. Vio que el aire se convertía en gotas de agua y que frailejones y pajonales eran el principal protector de ese suelo mágico, dador de vida.

 

(…)                                                                                                                                                                                             

Algo que describe el talante de Palomino es el hecho de que nunca tomara vacaciones mientras fue profesor de la UT;  es decir, nunca se fue a algún lugar a descansar o a recrearse tal como se conciben ordinariamente las vacaciones. Ninguno de sus incontables viajes por Colombia o por el mundo tuvo ese propósito alguna vez. Por el contrario, sus viajes fueron las más hondas experiencias con las que forjó su pensamiento ecologista. Pero esto no significa que no se divirtiera. De hecho, fue un gran parrandero que podía amanecer junto a un grupo de amigos al son de un conjunto vallenato.

Para realizar su trabajo, que quizá fue para él un recreo en sí mismo, no tuvo reparos en invertir sus propios recursos todas las veces que fue necesario. Llenaba de estudiantes su carro, un Daihatsu, y se iba de pueblo en pueblo, de vereda en vereda, por el departamento del Tolima, haciendo labores de educación ambiental, pero también aprendiendo a reconocer los saberes campesinos  e indígenas con los que fue posible configurar talleres, mingas y cursos.

Enseñó a rescatar semillas nativas, a gestionar cultivos orgánicos, a hacer compostajes, a preparar menjurjes para plagas y enfermedades, y a trabajar en armonía comunitaria. Impulsó la autonomía alimentaria a  través de las huertas caseras, la agricultura urbana y el trueque de productos agropecuarios.

Fue noticia nacional la dura batalla que libró en Ataco, comenzando los años noventa, al lado de las comunidades campesinas por defender la minería artesanal. Apoyó el paro cívico que agricultores y artesanos organizaron para protestar por el uso de dragas con mercurio en el rio Saldaña para sacar oro.

No hubo escuela rural o colegio del Tolima a donde no llegara con sus talleres de prevención, con sus campañas de manejo de suelos, de residuos sólidos, de cuidado del agua.

Estuvo en perfecta sintonía con los problemas ecológicos del mundo. Se sumaba a campañas internacionales contra el armamentismo nuclear en Japón, la deforestación de bosques en Europa, el deterioro de los suelos en Asia, la caza indiscriminada de animales en África y en otras latitudes.

En Armero trabajó en prevención de riesgos y manejo de desastres. Acompañó a Martha Calvache, una de las vulcanólogas más importantes del país y su amiga personal, a tomar muestras de los cráteres de los volcanes Nevado del Ruiz, del Cerro Machín y del Nevado del Huila.

De las muchas heridas que Palomino lleva en el alma, la tragedia de Armero es la más honda. El 13 de noviembre de 1985 conversó dos veces por teléfono con Moncho, su contertulio y entrañable amigo, alcalde del municipio. La segunda llamada fue casi a las 9:00 de la noche y lo último que le escuchó decir fue “esta vaina se inundó”. Luego la comunicación se cortó para siempre.

Un mes antes, durante los días 1 y 2 de octubre, Palomino desarrolló un taller que denominó, tímidamente dice él, “Aproximación a los desastres naturales”. A ese taller asistieron casi todos los alcaldes del norte del Tolima y representantes de todas las instituciones del departamento. Por supuesto, Moncho fue el más interesado en escuchar las advertencias porque “lo animaba un compromiso y un desconsuelo premonitorio por lo que le ocurriría a su gente” y a él mismo.

El Grupo Ecológico de la Universidad del Tolima organizó el taller con el apoyo del Sena y de Ingeominas. “Nos inspiramos en Mahoma: ir a las montañas”, dice Palomino, cuando relata que la principal barrera que se le interpone a la educación ambiental es la duda, la incredulidad.

La responsabilidad de divulgar con urgencia toda la ciencia que se esconde detrás de una erupción era lo único que Palomino tenía claro.

 

“No hay manera de decir cuáles serán los efectos últimos de la creciente actividad del hombre para modificar el medio ambiente natural… El hombre mismo puede estar jalando el gatillo para la próxima detonación cataclísmica de la tierra… La amenaza potencial de un periodo de terremotos es un llamado a todos nosotros para que reconsideremos qué objeto tiene nuestro tránsito aquí en la tierra”.

 

Con el Grupo Ecológico de la UT Palomino realizó una tarea de formación y de lucha por la defensa de los territorios y de las comunidades cuyo valor no se puede calcular todavía.

No se ha emprendido un proyecto para identificar y describir el trabajo de educación ambiental que adelantó y tampoco sobre el impacto que ha tenido. Quizá llegó la hora de que la Universidad del Tolima, tanto como los grupos ambientalistas, inicien este proyecto de investigación para que quede en la memoria y en el registro histórico de la Universidad y la región, pero sobre todo para que las generaciones venideras tengan suficientes argumentos documentados sobre la importancia de continuar la noble realización de Gonzalo Palomino.

Sobre esta idea debo decir que la labor está iniciada de algún modo y que solo falta que la institucionalidad la acoja como un proyecto con toda la rigurosidad sistemática que conlleva la investigación académica.

Palomino fue destacado en 1994 con el Premio Global 500 que entrega la Organización de las Naciones Unidas y que concede a individuos y a organizaciones con logros excepcionales en la protección y la mejora del medio ambiente. Es el equivalente a un Nobel en ecología. 

Posteriormente recibiría otros galardones entregados por el mismo cuerpo legislativo que años atrás lo declaraba persona no grata y pedía su destierro de Ibagué. En 2011 recibió el premio El Colombiano Ejemplar, en la categoría Medio Ambiente Persona, entregado por el periódico El Colombiano de Medellín, y en 2015 la Universidad del Tolima creó la Cátedra Ambiental Gonzalo Palomino Ortiz.

El mayor reconocimiento, sin embargo, es el trabajo que desde hace varios años vienen adelantando quienes alguna vez fueron sus alumnos y formaron parte del Grupo Ecológico de la Universidad del Tolima. Es un hecho que las semillas ecologistas sembradas por Palomino para defender el ambiente y los territorios quedaron bien plantadas en esta región, germinaron y está dando frutos.

Esos frutos tienen actualmente diversos nombres: Comité Ambiental en Defensa de la Vida, principal promotor del movimiento contra el proyecto minero “La Colosa”, de la multinacional AngloGold Ashanti; la Red de Reservas de la Sociedad Civil, una comunidad de propietarios que decidió destinar parte de sus tierras o comprar tierras para su conservación; Herencia Verde, una fundación que desarrolla proyectos y programas para proteger el ambiente y mejorar la cantidad y la calidad de vida; la corporación Semillas de agua, una entidad ambientalista dedicada a trabajar la agricultura con enfoque conservacionista.

Gonzalo Palomino Ortiz es el segundo de los cuatro hijos que tuvieron Carlota y Tácito. Nació en Chimichagua, Cesar, el 10 de enero de 1936. Es tolimense por adopción y un ciudadano del mundo por convicción. Es también un personaje fascinante, un hombre excepcional, un auténtico rebelde, un romántico incorregible.

Es, en mi opinión, un caso aparte.

 


* Periodista. Decana de la Facultad de Ciencias Humanas y Artes de la Universidad del Tolima.

One comment

  • Rocio Escobar

    20 abril, 2018 at 7:44 PM

    Señora Beatriz excelente la semblanza del profesor Palominos, pero hay una batlalla muy importante que no se mencionó, la de erradicar la prision de la isla gorgona, debido a que la tala de los árboles estaba destruyendo el frágil ecosistema de la isla. Eso fue en el año 1.979, allí viajó con profesores de la Universidad Del Valle.

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