La Guajira: entre el esplendor y la miseria

Carlos Gamboa16 enero, 20195min7377
Eduardo Galeano alguna vez dijo, y no recuerdo dónde, que: “el desarrollo desarrolla la desigualdad”; lo anterior parece una sentencia irrevocable cuando uno se detiene a observar la cruel realidad que nos rodea.

Eduardo Galeano alguna vez dijo, y no recuerdo dónde, que: “el desarrollo desarrolla la desigualdad”; lo anterior parece una sentencia irrevocable cuando uno se detiene a observar la cruel realidad que nos rodea. Aún más, hay lugares que logran conjugar, de manera extraña y sensible, esos dos mundos antagónicos entre esplendor y miseria. Es lo que pensé cuando visité algunos parajes de La Guajira.

Siempre me llevo en la mente un fragmento de los lugares que mis pies han caminado, a eso es lo que llamo viaje; el más reciente de ellos fue a La Guajira, en realidad solo visité algunos parajes de este departamento. Su nombre, siguiendo algunos rastreos a su lengua originaria, significa algo así como “nuestra tierra” (wajira). Según datos recientes, posee una población cercana al millón de habitantes, de los cuales un porcentaje aproximado del 45 % es indígena.

La Guajira, para quienes habitamos otras latitudes en Colombia, se nos ha convertido en sinónimo de pobreza, desigualdad y desamparo, esto debido a las noticias negativas que desde allí pululan. Basta recordar las fechorías de su clase dirigente con los nombres de Wilmer González Brito, exgobernador condenado recientemente por delitos electorales y Francisco “Kiko” Gómez, otro exgobernador acusado de asesinato. Esto por nombrar solo dos políticos que han producido las últimas noticias sobre corrupción.

Otras crónicas que llegan de la península se refieren a las sequías, a la desnutrición de los niños que mueren ante la indolencia del Estado y sus gobernantes, al contrabando que hizo famoso el vallenato que lleva por nombre “El almirante Padilla” y que logró que miles de colombianos viajaran a Maicao a “bajar mercancía” para los Sanadresitos. Todavía hoy persiste esta práctica, aun cuando la desgracia económica de Venezuela no deja los mismos dividendos.

Todo aquel que haya viajado por sus desiertos debió estremecerse al ver la mano extendida de cientos de niños curtidos por el sol, cubiertos del polvoriento ocre de la pobreza, con un trasfondo de cactus y espinos. Por algún momento me sentí como un actor extra de la película Mad Max: furia en el camino, atrapado en un mundo posapocalíptico en el cual sobrevivir parece el más peligroso de los sucesos.

Y no más cruzas esos kilómetros aterradores empiezas a encontrarte con el majestuoso mar, con playas desbordas de color y brisa como la del cabo de la Vela, la Playa Arcoíris, la ensenada Masich, la ensenada Aipia, el Faro o la piedra Tortuga. Todos estos sitios dotados de una indescriptible belleza, en un contraste solo explicable cuando revisamos la inequidad que genera la indolencia humana.

Entonces las sensaciones se cruzan en la mente y, recostado en una hamaca tejida por las manos diestras de las mujeres wayuus frente al calmado oleaje del mar, uno empieza a creer que lo más humano es la injusticia. No es posible que ante tanta riqueza natural, además de mineral pues en La Guajira se posee gas, sal marina y carbón, pueda existir sinigual miseria que nos deja retumbando el corazón al ritmo de los vientos que golpean las rancherías.

Siempre rodeada de esa oscura manta, la península de La Guajira, la que muchos dibujábamos con destreza en nuestros cuadernos escolares, sigue ahí, vigente como un lugar mágico rodeado de desierto y mar, de maravillas paisajísticas y necesidades modernas. Es un monumento que da cuenta de su esplendor y su miseria. Es en sí una maqueta de esas dos Colombias antagónicas que perviven juntas.


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