Oscar Javier Ayala Serrano14 marzo, 20194min124
Hemos pasado de la ilusión de la paz a la ilusión de guerra; de la ilusión de convivir en una tímida armonía con la vida, a la ilusión de convivir con la certeza armónica de la muerte y la desaparición.

Ambientes distópicos: Ilusiones 

Con los avatares semanales que continúan con el paciente e insistente trabajo de fragmentar las decisiones comunes y de “hacer trizas los acuerdos”, ya podemos entregar nuestras vanas ilusiones y aceptar con entereza la distopía.

Las intuiciones que se pronunciaban después de la fiesta electoral presidencial, nos indicaban cómo serían los derroteros con los que ahora, en un intento absurdo de cordura, examinamos para no sorprendernos.

Podemos también considerar, sin temor al equívoco, que los espectros con los que nos amenazaron y convencieron para apoyar esta dirección apocalíptica de pensamiento, es un fabuloso guión que actúa –la historia está para repetirse- de nuevo para dictar los comportamientos con los cuáles, al parecer, nos gusta ser adoctrinados.

Estamos entrando en uno de esos estados de exaltación extrema de los afectos y las pasiones, en los cuales no habrá casi nadie que sobreviva y en dónde se tratará de reescribir los acuerdos con los cuales debemos convivir. Dentro de unos meses tendremos la posibilidad de comprobarlo, e ilusionados, acompañaremos los siguientes cuatro, ocho, doce años (nuestra hoja de ruta es la de “presidentes eternos”) como muertos vivientes, tratando de estar al acecho de los nutritivos desechos con los que nos iremos encontrando en ese andar errabundo por las ruinas de nuestros sentidos. Encontraremos en las escalas de destrucción, las herramientas necesarias para sobrevivir.

Hemos pasado de la ilusión de la paz a la ilusión de guerra; de la ilusión de convivir en una tímida armonía con la vida, a la ilusión de convivir con la certeza armónica de la muerte y la desaparición. Por eso, no perdemos nuestras ilusiones, ya que son ellas las que hacen de nosotros esos seres terribles que buscan su propio privilegio por encima de todo y de todos. Así de naturales somos, de eso no hay duda alguna.

Y esa naturaleza ambigua es la que ha alimentado los devenires de nuestra especie, especialmente aquellos que hacen de los obtusos un centro de amplificación de demonios, enquistándose en cada corazón que olvida con conveniente oportunismo, los estragos que se suceden en países en guerra, países que terminan reducidos en mundos desolados, destruidos, desamparados. Países en los que no quisiéramos convertirnos, pero que paradójicamente, son un horizonte de destino.

Se revuelve el estómago ver como la obstinada meta de continuar malviviendo con ideales neoliberadores y gremiales, es la que nubla nuestro camino y nos lleva a desconocer con alegría los terrores que vendrán, sólo porque seguimos creyendo que al exterminar a ese “Otro” incómodo, es que podemos seguir nuestro camino ya sin ningún obstáculo, ilusionando a otros –que por supuesto no somos “nosotros”- en esa oscura travesía para que sigan actuando alienados, con el subterfugio de abandonarlos en el momento preciso en que el privilegio llega.

Ya no basta decir que lo sabíamos. Arrostremos lo poco que nos queda para guardar la ilusión que estemos equivocados. Esperemos preparados.


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