Explotación laboral en la globalización del trabajo

Administrador La Pipa28 febrero, 201916min77
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En el mundo han crecido como maleas las reformas laborales orientadas a promover la flexibilidad y la competitividad, precarizando el trabajo y atacando las bases de la organización sindical para frenar cualquier contraataque.

Jornadas flexibles de hasta 80 horas a la semana por menos de 150 euros al mes son el pan de cada día de muchos trabajadores en Asia, África o América Latina y la causa de que gran parte de la industria mundial se haya movido fuera de Occidente. A continuación le explicamos cómo la globalización, que prometía desarrollo mundial, terminó por empeorar las condiciones laborales de los(as) trabajadores(as) en el mundo.

La globalización se nos suele presentar como un proceso neutral que obedece sus propias leyes naturales, pero en realidad es uno de los culpables de que cada vez haya mayor desigualdad entre ricos y pobres. Para intentar comprender mejor cómo la globalización ha favorecido este incremento de la desigualdad, analizamos sus efectos sobre una de las actividades más determinantes del ser humano: el trabajo.

La globalización es un proceso que genera muchos debates y disparidad entre la comunidad internacional. Desde las posiciones liberales, se la considera la esencia del progreso moderno, una especie de oportunidad única para que todos los países no desarrollados se desarrollen por fin.

Para los anticapitalistas, se trata de neocolonialismo disfrazado de sueño estadounidense, un capítulo más en la dominación del capital europeo y norteamericano sobre el resto del mundo.

El origen de la globalización

Las operaciones mercantiles de carácter internacional han existido desde los inicios de las civilizaciones humanas, luego aparecen las expediciones coloniales a través del atlántico y después la revolución industrial que potencializan mucho más las dinámicas internacionales de comercio.

Sin embargo, estas actividades de conexión mundial y comercio transcontinental, no las podemos definir como la globalización que conocemos hoy en día ya que en ese entonces el imperio de turno era quien controlaba la producción y venta de los productos, una de las características actuales de la globalización que radica en la libertad del movimiento del capital por todo el planeta.

Luego de la repartición del mundo por parte de las potencias occidentales en el siglo XIX surgen grandes corporaciones privadas producto del desarrollo del capitalismo en el mundo. A principios del siglo XX estas corporaciones logran captar grandes recursos en Europa y el resto del mundo dando origen a algunas de las mayores empresas de la hitoria como Standard Oil, hoy dividida en grandes empresas como Chevron o ExxonMobil y Deutsche Bank que jugaría un papel muy importante en el siglo XXI.

El aumento del poder e influencia de estos grandes emporios industriales termina influenciando las políticas de tipo capitalista en favor de sus propios intereses, luego la caída de la URSS hay una mayor expansión del capital por el mundo. Los últimos 150 hemos atestiguado la caída del poder estatal en favor del mercado y sus intereses, fusionando la política exterior de las multinacionales con la política exterior de muchos países occidentales.

Con la aparición de la Organización Mundial de Comercio (OMC) en 1995 empezó a desarrollar políticas para garantizar la rentabilidad en cada dolar invertido en el mundo.

Estas políticas requieren que cada país limite la intervención estatal en los precios de cada mercancía —incluida la fuerza de trabajo— y deje casi todo el poder de decisión a las leyes del mercado, algo que aprovecharon las multinacionales para instalarse en los países recién integrados.

Flexibilidad y competitividad el alma de la globalización actual

Esta nueva perspectiva tuvo mayores consecuencias sobre los trabajadores no cualificados, a los que se les exige una mayor adaptabilidad y disponibilidad a las necesidades de la empresa. Por ello, uno de los sectores más afectados por el nuevo capitalismo fue la industria, situada en el centro de la economía fordista, que en Occidente contaba con millones de trabajadores especializados, pero en gran medida sustituibles.

La flexibilidad apareció para abolir el capitalismo fordista. En el fordismo, la amenaza del comunismo y el gran poder de los sindicatos contrarrestaban la voluntad de las grandes empresas de imponer sus condiciones y se formó un equilibrio frágil producto del cual nacerían los Estados del bienestar.

Todo ello cambió con la inclusión de nuevos mercados en la economía y el desarrollo de nuevas tecnologías en el transporte, con los que se abría la posibilidad de diversificar la producción hasta límites insospechados: ahora trabajadores de China podían fabricar una pieza que ensamblarían otros en Vietnam para que cargueros turcos transportasen el producto final hasta su consumo en Europa sin que por ello se perdiese eficiencia o productividad.

La economía flexible se encargó de optimizar cada una de las fases de producción a la vez que atacaba las bases de la organización sindical, que tantos problemas había causado en el período de posguerra.

Consecuencias en la industria

Los trabajadores industriales habían desarrollado un sindicalismo combativo que les servía de escudo ante las exigencias empresariales que pretendían cambiar su modo de vida, y por ello se convirtieron en uno de los objetivos prioritarios de los grandes empresarios del sector.

A partir de los 70, muchas fábricas se deslocalizaron a países más flexibles laboralmente, cuya regulación permitía horarios y condiciones laborales muy pobres, mucho más útiles para los nuevos modelos empresariales que comenzaban a surgir, como el famoso just in time (‘justo a tiempo’), que reducía al máximo los tiempos de producción, almacenamiento y distribución.

Los ejemplos de Detroit o la cuenca del Ruhr ilustran la naturaleza del cambio hacia la nueva industria neoliberal, que cruza el mundo como si no hubiese fronteras en busca de los trabajadores más baratos y eficientes.

La acumulación flexible también terminó con la idea fordista de la integración jerárquica empresarial y basó parte de su crecimiento en la subcontratación masiva de todo tipo de actividades.

Esta subcontratación trae muchos beneficios. Por un lado, permite la adaptación milimétrica de la producción a las necesidades de la empresa, ya que los trabajadores pueden contratarse y despedirse con la misma rapidez, sin costes extras.

or otro, la división de la cadena de producción entre múltiples empresas y países dificulta la asociación de los trabajadores sobre objetivos comunes, lo cual elimina muchos obstáculos para la reducción de derechos laborales y beneficios sociales y permite obtener mayores ganancias.

Gracias a estas y muchas otras ventajas se popularizó el offshoring o deslocalización de actividades empresariales a terceros países. Este proceso ya había tenido importancia en el pasado, pero fue a partir de los 90 cuando se desató y se convirtió en imprescindible para cualquier empresa que aspirase a mantener o incrementar sus ingresos.

Guarda mucha relación con el outsourcing, la externalización de actividades de la empresa, y hoy en día más del 80% de las empresas mundiales de más de 250 trabajadores cuentan con operaciones de este tipo.

Las razones están a la vista: actualmente, los ingresos mensuales que recibe una familia media indonesia son equiparables —nominalmente— al salario mínimo de España en 1970; parecería que vivimos en planetas diferentes si los comparamos con los salarios actuales en Occidente.

Jornadas flexibles de hasta 80 horas a la semana por menos de 150 euros al mes son el pan de cada día de muchos trabajadores en Asia, África o América Latina y la causa de que gran parte de la industria mundial se haya movido fuera de Occidente.

Las miles de pequeñas empresas que proveen de recursos a las grandes han tenido que adaptar sus métodos a las exigencias de estas, lo que en algunos casos ha traído de vuelta sistemas —como el trabajo realizado en el hogar, propio de la época feudal— que se han integrado dentro del sistema neoliberal, como en el caso de las trabajadoras textiles en India o Bangladés.

Agricultura 

La agricultura y el sector servicios también fueron incluidos en la nueva ola neoliberal y tuvieron que flexibilizarse en búsqueda de las sagradas rentabilidad y eficiencia.

Las pequeñas explotaciones familiares fueron desapareciendo para dar lugar a grandes fincas agroindustriales, un proceso que tuvo lugar en muchas partes del mundo. El objetivo era establecer monocultivos, plantar un solo producto de alto rendimiento y combinarlo con un aporte considerable de maquinaria y químicos, a fin de exprimir al máximo la capacidad de la tierra para proveer recursos.

Esto dejaba a los campesinos que no podían modernizar sus cultivos indefensos ante la volatilidad de los precios del mercado, ya que no podían competir con las grandes plantaciones, especialmente en los países pobres, donde la degradación de la tierra, los bajos precios y la escasa tecnología volvían inviable la agricultura convencional.

Sin tierra y sin trabajo, muchos campesinos se vieron obligados a mudarse a la ciudad en lo que ha supuesto una de las principales causas del éxodo rural de buena parte del planeta.

Los nuevos trabajadores venidos del campo aumentaron la competencia con el resto de los trabajadores y muchas veces se vieron obligados a aceptar los trabajos más precarios al no tener apenas cualificación para el trabajo urbano.

Sector de servicios

a partir de los años 90, muchas empresas se dieron cuenta de que la misma rentabilidad que se conseguía en la industria gracias a las condiciones laborales precarias se podía conseguir en otros sectores. Servicios de atención al cliente como los centros de atención telefónica (call centers) fueron trasladados en masa a países como India, atraídos por las malas condiciones de sus trabajadores.

El trabajo en el siglo XXI

El agujero laboral dejado por la huida de multinacionales hacia países pobres nunca fue rellenado del todo por nuevos trabajos, especialmente en algunas regiones como el sur de Europa o EE. UU.

De aquí surgió una competición renovada por el trabajo que erosiona los salarios y las condiciones laborales y que afecta principalmente a los trabajadores más intercambiables, los poco cualificados, que se ven abocados a enfrentarse entre ellos —parados contra población ocupada, trabajadores de países más pobres contra los de países ricos…— para acceder al poco trabajo disponible.

Desde la India a Francia pasando por América Latina, han crecido como setas las reformas laborales orientadas a promover la flexibilidad y la competitividad precarizando el trabajo y atacando las bases de la organización sindical para frenar cualquier contraataque.

Muchas reformas se realizaron en los 90y desde entonces el Derecho laboral ha seguido un camino similar en todo el mundo, dirigido a crear un nuevo tipo de trabajo “del siglo XXI” con las mayores facilidades posibles para los empresarios.

Este nuevo trabajo no se caracteriza simplemente por peores salarios, sino que incluye temporalidad, menos prestaciones sociales, jornadas absurdas —cortas e insuficientes las parciales, interminables las completas— y todo tipo de artimañas para vulnerar los derechos laborales, como horas extras sin remunerar o pagos en negro.

Derribar las fronteras comerciales ha conectado a todos los trabajadores del mundo, pero es una conexión controlada por las grandes empresas. De esta manera, han provocado un efecto dominó que expande progresivamente las condiciones de sobreexplotación desde los países más pobres hacia los más ricos y empeora la calidad del trabajo mientras aumentan las grandes fortunas.

Las nuevas tecnologías y la globalización hacen que producir, así como gestionar el transporte y la atención al cliente, sea más barato, rápido y efectivo, pero no han mejorado la calidad del trabajo ni sus condiciones, sino todo lo contrario. Muchas cosas deben cambiar si aspiramos a que progreso y bienestar vayan de la mano.


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