Oscar Javier Ayala Serrano28 marzo, 20194min125
Perdimos, ya sin más remedio, ese poder que la representación nos había dado, pues ella ya no es más que un cascaron vacío de dirección, de debilidad y de incohesión.

Ambientes distópicos: Destierros

No es raro considerar que nos estamos quedando sin tierra y que nuestro destino, por extraño que nos parezca, estará definido por ese trasegar cansino que aparece con el desplazamiento. Buscaremos desperados y desesperanzados nuevas tierras, las cuales, para nuestra tristeza, no estarán atravesadas por esas específicas profecías prometidas que nos hicieron hace ya unos siglos.

Lo único que hay que aclarar, es que la tierra que nos está abandonado, no es este planeta Tierra –que aunque pareciera que lo llevamos a su extinción, nos sobrevivirá- en el que vivimos, sino este terruño en el que decidimos nacer.

Y no es que piense en un giro de exaltación dramática por el paroxismo dictador con el que empezamos a vivir (aunque deberíamos), sino en cómo estos dictados están colonizando nuestras barreras más domésticas: ya no estamos a salvo en la intimidad de nuestras tierras, de nuestros dominios. Estamos vulnerables.

La vulnerabilidad empieza cuando ya no podemos confiar ni siquiera en las palabras de los otros; cuando estamos envueltos en la paranoia para evitar, con todos los medios que nos son posibles, incurrir en un error desconocido que nos haga entrar en las redes de las restauraciones morales que se asoman, solapadas, para cobrar nuevas expiaciones; cuándo perdamos nuestra gracia, nuestra fortuna, nuestras fértiles promesas.

Podremos aducir, quizás ingenuamente, que es una situación temporal, que estos ataques continuados a nuestros estados de comodidad habitual no son más que productos de una mente inflamada que busca tener la posibilidad de ganar privilegios egolatras temporales –y sí-; pero debemos reconocer, con la tranquilidad de lo conocido, que el tiempo del privilegio, del ego y de la estupidez estarán por unos buenos años, décadas tal vez, para darle su matiz a nuestros encuentros con los otros. Estaremos en su ambiente.

Lo aciago es que, cuando estemos desbordados por la saturación de los dictados, no podamos resguardarnos, pues todos no tendremos la ventura de correr primero, de correr más fuerte, de correr y parapetarnos

Estamos expuestos. Seremos vagabundos, seremos errantes. Nuestra errancia será la de los sentidos, de los significados, de la individualidad y de la pérdida de lo común. Estaremos buscando desperadamente los fragmentos de una unidad que ya no será la nuestra, que no será de nadie. Iremos sin habla tratando de encontrar en el otro, en esos otros, esa voz que alguna vez nos fue cercana.

Nos dejamos permear en ese fuero interno que sólo era nuestro, y ahora ya nos podemos trazar lazos iguales que nos permitan jugar a la representación. Perdimos, ya sin más remedio, ese poder que la representación nos había dado, pues ella ya no es más que un cascaron vacío de dirección, de debilidad y de incohesión.

Y sin representación, sólo nos queda la fuerza de la oposición y del rechazo, para ver sí, en un último esfuerzo de lucidez, le daremos a esta tierra sin sentido una posible estabilidad vital, para continuar con esos maravillosos senderos de aprendizaje por los que solemos pasear.

En algún momento volveremos a la placidez de nuestras tierras para no ser un destierro.


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