No es para nada extraño, decir ahora que la locura es la particular forma de ser y la manera de estar de este país. Cada semana desde hace dos siglos, aparecen una y otra vez los signos que muestran nuestra particular tragedia.

Ambientes distópicos: Desquicia

No es para nada extraño, decir ahora que la locura es la particular forma de ser y la manera de estar de este país. Cada semana desde hace dos siglos, aparecen una y otra vez los signos que muestran nuestra particular tragedia. Algunas veces serán los unos, otras veces serán los otros; y todos estarán para mostrar que vivimos de oscuros pensamientos.

Pensamientos como aquellos de un expresidente eterno, que claman por una “masacre social” destinada, únicamente, para aquellos que se salen de un relato glorioso de progreso envenenado con glifosato. No queremos nada más que muerte, así se nos insista con retruecanos, que una masacre no tiene los significados que son conocidos por todos.

Si este insistente influenciador ya no tiene arropo de vergüenza (bueno, nunca la ha tenido) para llevar su furia desquiciada a todo un país, es porque nosotros también queremos ser despojados de la poca cordura que aún nos queda.

Ya roto todos los acuerdos, ponemos en contexto la demencia que nos carcome, y junto con las manifestaciones de pensamiento recurrente en una mayoría de países, tendremos la más grande inversión de la polaridad para crear un planeta balanceado hacia la derecha, planeta que será mas exclusivo del que ahora tenemos.

Tendríamos quizás, como se pone en las Piedras de Georgia, “un mundo que estaría por debajo de los 500.000.000 habitantes, guiados por pasión, fé y tradición con razón templada”, en dónde lo más importante sería acrecentar hasta el borde de la gula, la malsana acumulación privilegiada de unos pocos que querrán ser esos nuevos humanos que vivirán en fortalezas cerradas con el dominio absoluto de sus vasallos.

Por eso es que se propone de todas las formas y de todos los tonos posibles, la segregación de pueblos (mestizos a un lado, blancos al otro, indígenas…) y la destrucción de la comunicación –“es preferible cerrar esa carretera…”-, para entregar a esas tan mentadas “personas de bien”, los réditos de la desaparición: ellos tendrán sus tierras prometidas lejos de eso que se considera insalubre.

Estaremos tan perdidos en nuestra psicosis, que nos conformamos con la fabulación insana que alienta humores malignos, como esa de seguir la línea de nuestra destrucción. Pienso, que muy pronto, sacudiremos toda esta tensión de la forma más brutal que hemos conocido: el genocidio. Pasó hace 25 años en Ruanda: 800.000 personas muertas en un periodo de aproximadamente 100 días: discursos de odio difundidos y replicados para crear realidades dislocadas que producen tránsitos veloces que van de la normalidad a la efervescencia de la locura: de vecinos queridos y amados a despiadados asesinos.

Creo que muchos de nosotros no queremos esto. Por eso intentamos hacer llamados desesperados para no alejarnos de la cordura, para que no sea visto como un triunfo la sensatez de las voces que quieren seguir defiendo lo poco que queda de las palabras de paz acordadas: nuestra constitución (moderna) nos impele a buscar la paz: este es nuestro deber.

Hay que continuar buscando las estrategías para inhibir los desafortunados y ominosos llamados al odio; hay que desactivar su influencia sobre nuestra incipiente cordura. Entremos en terapia.


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