Defender la libertad de prensa es ya una posición parcial ¿Por qué Sara Tufano está parcialmente en lo cierto?

Andrés Rodríguez24 septiembre, 201821min5760
Andres F Rodríguez P
La imparcialidad, en concreto la imparcialidad en opiniones sobre política en los medios de comunicación es imposible y pretenderla es peligroso para la libertad de la prensa. En lo que sigue voy a explicar por qué.

Hay una escena de la serie The Newsroom de HBO que me parece caso-paradigma, es decir, ejemplo, tan singular como universal, para ilustrar el problema de la imparcialidad en los medios de comunicación.

Conclusión: la quijotesca pretensión de Mackenzie McHale, la productora ejecutiva, es tan parcial como la de Will McAvoy. Yo estoy del lado de McHale, me identifico como productor transmedia, que es mi profesión y como opinador; pero le agrego a mi posición  una dosis del realismo de McAvoy. Ella parece no notar que está de un lado al afirmar “defender la verdad contra la estupidez sin partidismo democrático”.

Ahora viene la parte aburrida de esta larga columna. Recomiendo que se tome un café o una bebida energizante.

En una reciente columna titulada “La parcialidad de los medios en la campaña presidencial colombiana” escrita por Sara Tufano y publicada en la Revista Contexto, la autora afirma que el debate sobre el periodismo, refiréndose a su parcialdiad e influencia en la pasada campaña presidencial, no debe omitir las coerciones a las que está sometido teniendo en cuenta la influencia y existencia de “el poder mediático” en la misma y en futuras campañas.

La apreciación de Tufano no revela nada nuevo. Tanto así que negar la existencia del poder de influencia que se ejerce sobre la opinión de las personas desde los medios de comunicación, de toda especie, dentro del complejo ecosistema que componen, no solo rozaría con la ingenuidad, propia de un público pasivo ante la información que consume, sino que negarla desde el punto de vista del productor del contenido sería una evidencia de dogmatismo.

La imparcialidad, en concreto la imparcialidad en opiniones sobre política en los medios de comunicación es imposible y pretenderla es peligroso para la libertad de la prensa. En lo que sigue voy a explicar por qué.

¿Qué es lo que comúnmente se asume como juez imparcial? Asumo que juez imparcial emitiría un juicio imparcial; acto en el que no tiene intereses a favor de ninguna de las partes en un conflicto, sino que ceñido a la observancia del cumplimiento o incumplimiento de la regla del derecho vigente, opera como un tercero que decide si un sujeto de derecho ha roto un contrato preexistente o no, para luego enunciar las consecuencias lógico-jurídicas que de allí nacen y obligar su ejecución fáctica.

Esto tanto en contratos privados que asumimos se han pactado voluntaria y libremente, o en un contrato consuetudinario, como una Constitución y en general todo un ordenamiento jurídico -poniendo entre paréntesis las dificultades que lleva sostener que existe algo así como un contrato implícito con otros para aceptar cierta tradición constitucional-. La pregunta es si el periodismo puede tener las características propias de la administración de justicia.

Como sostenía Gómez Dávila en De Iure: justo es el acto concorde con la regla de derecho, regla de conducta derivada de un convenio entre al menos dos sujetos. Un juez es quien decide si un acto es justo o no. Si debe fallar respecto a un conflicto entre dos, sería un tercero imparcial. ¿Puede el periodismo operar entonces de este modo? ¿Puede ser un periodista una suerte de juez imparcial?

Cualquier periodista puede hoy entrar a juzgar a otro sin un convenio previo entre y con quienes juzgará; esto hace parte de otro convenio (el ordenamiento jurídico). A lo único que están sometidos periodistas y otros sujetos es al convenio consuetudinario de una tradición constitucional y un ordenamiento jurídico, cuya observancia es labor de un juez, quien, por cierto, también está obligado a respetarle.

Tradición que busca evitar, por ejemplo, que un periodista o un opinador cualquiera calumnie e injurie a otro sujeto. En la tradición del periodismo liberal además se sugiere que el periodista investigue a todas las partes en conflicto o las versiones sobre una historia antes de emitir un juicio de valor. Es claro que un periodista no es un simple columnista, como yo aquí, por ejemplo, que me limito a opinar sobre hechos y acontecimientos sin pretender la rigurosidad de las ciencias al comunicar.

El periodista suele ir más allá en su rigor investigativo que el opinador y aun así tampoco alcanza la rigurosidad de las ciencias. Ni el periodista, ni el columnista actúan como científicos ni están obligados a hacerlo, aunque pueden ser profesionales de las ciencias. Esta es la cuestión crucial: los medios de comunicación no son todos medios de comunicación científica. Es más, es bastante dudoso que los medios de comunicación científica (como revistas académicas indexadas), no sean también medios donde la parcialidad no existe.

En las ciencias hay opiniones que procuran ser racionales en competencia y que no están libres de intereses de los científicos o de las instituciones. ¿Qué es lo común entre científicos y periodistas entonces? La suposición de la existencia de verdad: ambos deben asumir que existe verdad en ciertos juicios y en otros no para opinar; el columnista, o el mero opinador en medios, en contraste, no está obligado a asumir tal cosa (aunque algunos como yo sí asumimos tal). En todo caso, en las ciencias también hay jueces, la comunidad científica procura autoregularse de modo tal que se reduzca el riesgo de que lo falso sea tomado por verdadero.

En los medios de comunicación, en condiciones de una tradición que considera injusta la censura y defiende la libertad de la prensa para opinar, también hay autoregulación. Unos periodistas, opinadores en algunos medios, con cierta línea editorial, y en tales condiciones, pueden contradecir a otros periodistas y opinadores en otros medios.

Es aquí donde viene el problema del poder de financiación que ciertos medios masivos de televisión y de radio puedan ejercer para difundir sus contenidos y la capacidad que tendrían medios de comunicación con menor capacidad financiera, y menos público, como la prensa escrita, frente a ellos. Por ejemplo, Sara Tufano en su columna toma posición pretendiendo imparcialidad.

Creo que es innegable que la prensa escrita no tiene el mismo alcance de los medios masivos, pero también es innegable que los medios masivos podían emitir opiniones parciales y eso era legal y legítimo en tanto que no se cayó en injuria o calumnia a Gustavo Petro (que se sepa, y hasta que se demuestre otra cosa, las calumnias provenían sobretodo de opinadores en redes sociales).

Asimismo, el poder mediático no se ejerce desde en un solo punto del diagrama de Nolan. Por ejemplo, en los nuevos medios digitales, sumados a algunos grandes, se ha difundido ampliamente la sospecha sobre la inmoralidad del Ministro Carrasquilla, y escatimado muy poco en las actuaciones de alcaldes en la ejecución de los recursos provenientes de los bonos. Asimismo, la culpabilidad del Ministro en la comisión de algún delito es asunto de un juez, que hipotéticamente, según lo anterior, debería ser imparcial.

Pero eso no demanda a un periodista, o a un senador dejar de hacer control político, veeduría o dejar de investigar. No demanda tampoco a un opinador dejar de emitir un juicio sobre la buena  o mala moralidad de los actos. Aún así, la presumida imparcialidad del juez que emitiría eventualmente un juicio sobre las acciones del Ministro no es per se metaimparcial. Me explico, en la aceptación de la regla de derecho hay una parcialidad implícita: la aceptación de determinada tradición jurídica.

Asimismo, cuando un opiniador como yo dice que Gustavo Petro apoyó el socialismo del XXI (desde el uribismo, del que yo no hago parte, se ha venido a bautizar extrañamente como castro-chavismo, casi como se habla de leninismo, maoísmo, trostkismo, luxemburguismo, stalinismo, hitlerianismo, etc) no se incurre en injuria o calumnia, pero puede que sea reduccionista (cosa que es inevitable en la prensa, pero tal vez no tan reduccionista como sucedió en los medios masivos durante campaña).

Sin embargo, algunos vemos en Gustavo Petro simpatía intelectual con el socialismo del siglo XXI y su modelo económico-político (entre otras cosas veo deficiente su explicación que apela a la enfermedad holandesa como causa suficiente de una hiperinflación –pero no me extenderé al respeto aquí, pues si el lector ya ha llegado a este punto es porque no se ha dormido aún; quisiera retrasar el efecto de somnífero que genera esta columna).

Petro, durante su campaña promovió un programa que algunos opinadores en materia económica rechazaron (por ejemplo Daniel LaCalle) y que otros abiertamente apoyaron, al estar más cerca de la variación keynesiana del socialismo del siglo XXI (como la de la Argentina de los Kirchner) que a la de Maduro.

También se opina en la columna sobre la “teoría del derrame”. Recordemos que eso no es una teoría, ni siquiera hace parte de un programa económico liberal. El término ”teoría del derrame” fue inventado para criticar medidas que fomentan reducción de impuestos a empresas, asumiendo que toda reducción de impuestos sería exclusiva para grandes empresas y que esto es ineficaz para el crecimiento, sin tomarse el tiempo de observar los datos históricos que muestran que los países más prósperos del mundo se desarrollaron gracias a que las empresas de todos los tamaños han tenido una baja tasa de tributación efectiva sobre utilidades (medida por el Banco Mundial y que es la oficial y usada por inversionistas de todo el mundo a la hora de tomar decisiones), aunque algunos como los nórdicos pongan un gran peso tributario sobre personas naturales para financiar el Estado.

Se refiere allí también a Thomas Piketty y a Ha-Joon Chang, como si eso fuera prueba de buenas ideas económicas, a modo de argumento de autoridad.

El primero ha sido ampliamente criticado por mal interpretar sus propios datos y por apelar a petición de principio, se pueden consultar importantes economistas liberales al respecto (Juan Ramón Rallo, Javier Milei, Deirde McCloskey). El segundo, por su parte, es de obvia afinidad teórica con el programa de Gustavo Petro: ambos son herederos de las teorías de Keynes, que por cierto han empobrecido a Argentina y endeudado al mundo entero como nunca antes en la Historia.

En la columna se asume la existencia de cierta injusticia periodística con las propuestas de Petro, es plausible, pero no parece que se tome el tiempo de pensar que estas serían financiadas con emisión de bonos de deuda pública, la ya fracasada en todo el mundo política de sustitución de importaciones y la banca pública, en medio de una condición de déficit fiscal, junto al ya elevado endeudamiento público.

También, se afirma que el proceso de paz no fue el centro del debate: eso es evidente, pero usar la defensa del proceso de paz como bandera de una campaña que algunos consideramos de programa socialista, y de alguien que simpatizó con Chávez, Lula y los Kirchner no ayudó para llevar el debate a otro lugar. Yo por ejemplo, defiendo el proceso de paz con las FARC y con el ELN, me tragué los sapos con no menor dificultad que otros, aún no bajan, pero me los tragué y en todo caso no apoyé a Petro; tibio dirán algunos, menos que Fajardo aunque también voté en blanco.

No pongo en duda otras cosas que dice Sara Tufano: que los periodistas y en general opinadores se autocensuran o que los grandes medios están sometidos a una lógica de mercado (lo que me parece muy bueno) y que hay una persecución a periodistas y opinadores reconocidos o que aquí la libertad de la prensa está constantemente amenazada.

Me pregunto empero si lo que preocupa a la columnista es que la opinión del medio sea la opinión del específico dueño del medio o más bien, que no sean otros los dueños de medios con la misma capacidad para difundir su opinión y con el mismo poder financiero.

Ahora bien, los medios con poco poder financiero para difundir sus contenidos también son medios parciales, porque la parcialidad es inherente a la opinión y el periodismo es siempre y en todo lugar un ejercicio de comunicación de la opinión para un público, donde se procura alguna rigurosidad en la investigación previa sin llegar a la propia de las ciencias y sobretodo porque defender la libertad de los miembros de la prensa para opinar es una posición que supone la libertad de expresión del individuo como derecho y que bien podemos remitir al menos, en la tradición del pensamiento político occidental a su estado germinal en el siglo V a. C., con el principio democrático ateniense.

La libertad de la prensa está mediada por la libertad para financiar la difusión de las opiniones, de modo que el problema no es que existan medios masivos con cuentas grandes; sino que, por un lado, esos grandes medios tengan la facilidad de negociar privilegios mercantiles que algunos políticos tienen para ofrecer y que hay opinadores en los pequeños y medianos que no saben vender su opinión a un gran público que no la demanda tal y como se le presenta en Colombia.

En todo caso, algunas opiniones sin gran cabida en los medios masivos lograron aceptación entre jóvenes entre 18 y 25 años, (como mostraron encuestas y sondeos en campaña presidencial realizadas por Yanhaas y por estudiantes de La Gran Colombia). Así, lo acertado, considero, es asumir la parcialidad como un hecho inevitable del que no escapa ningún medio de comunicación, pues la misma no se encuentra solo del lado del que ejerce mayor poder financiaro para difundir; la parcialidad está tras decidir si se quiere una prensa liberal o una con posicionamiento político distinto.

En estas condiciones ¿cómo evitar los males que conllevan la tergiversación de testimonios, la difamación y la mentira (postverdad)? La solución es la misma que nos lleva a algunos a poner entre paréntesis la opinión de otros antes que asumirla como verdadera: formación de público capaz de criticar racionalmente una opinión y no dar por hecho que es verdadera apelando a argumentos de autoridad (la autoridad del medio, de “x” periodista, o del economista “y”).

¿Se logra eso con educación académica? No necesariamente, el estímulo temprano a la curiosidad es empero condición necesaria, porque los datos para formarse opiniones más racionales están en la web, solo hay que aprender a buscarlos, aprender a interpretarlos y obviamente, tener acceso. Los grandes medios, por grandes, invasivos e interruptivos que sean no solo están todo el tiempo en riesgo de “zapping” sino que siempre están en riesgo de encontrarse con un cerebro que interprete diferente los mensajes a como lo hace su target.

Los periodistas y opinadores en medios pequeños o medianos tendremos pocas ventas si no resolvemos el problema de no comprender lo suficiente la demanda mayoritaria para seducirla y convertirles en clientes satisfechos. De modo que la libertad de la prensa se complementa con la libertad del público para decidir qué quiere consumir y qué no. Lo digo con conocimiento en la práctica, con poco dinero se puede lograr gran difusión, incluso para causas que consideremos justas, es cuestión de estrategia de mercadeo.

Para terminar, un meme a propósito de la coyuntura en la ciudad de Ibagué por el conflicto entre el actual alcalde y un medio de comunicación:

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