Colombia necesita una emancipación simbólica

Carlos Gamboa28 septiembre, 20185min2120
Carlos Arturo Gamboa B
En términos simbólicos-literarios nuestra madre fue raptada y crecimos con la madrastra, ella nos impuso unas reglas distintas a las de ese mundo primigenio en el que surgimos como sociedad.

Es a Borges a quien se le atribuye la frase: “ser colombiano es un acto de fe”; y hay que recordar que según la tradición judeocristiana -impuesta en estos territorios a punta de arcabuces-, fe es: “la certeza de lo que se espera, la convicción de los que no se ve”. Es decir, ser colombiano viene siendo algo que está por acontecer, un suceso que aún no podemos advertir pero que esperamos ansiosamente.

Ahora bien, el mundo de lo simbólico es una construcción de sentido que permite dar cuenta de lo inexplicable, “eso” que está más allá de lo cotidiano. La cultura es el constructo simbólico más importante de los seres humanos, es el crisol en donde se decantan nuestros sueños, miedos, deseos, temores, frustraciones y traumas.

Aunque lo simbólico proporciona forma y contenido a los relatos míticos, la religión, la ciencia, el arte y la historia, es el lenguaje su principal mediación que le permite expresar “lo oculto”, lo no dicho. Al develar ese mundo de significados, el ser humano empieza a dar cuenta de sí mismo.

Jung, uno de los estudiosos del mundo simbólico, acuñó el término “inconsciente colectivo”, para caracterizar esas huellas de lo eternamente humano que siguen presente en cada ser, sin importar el paso inexorable del tiempo. Jung se hizo preguntas como: ¿Por qué siempre nos ocupamos de los mismos temas? ¿Por qué los seres vivimos en un mundo circular lleno de los mismos temores y los mismos deseos? Entonces pudo connotar que esas trazas de lo humano eran “arquetipos” o sedimentos de los tiempos pasados, formas de la experiencia antigua del hombre.

Al observar, desde las ópticas planteadas hasta acá, a la sociedad colombiana (esos millones de seres habitantes de un territorio llamado Colombia), le podemos formular preguntas como las siguientes: ¿Por qué seguimos sumidos en un relato de violencia? ¿Es posible derribar el miedo a lo diverso que habita en nuestra cultura? ¿Por qué seguimos girando alrededor de una cultura tan precaria en la solidaridad y tan dada al facilismo? Se me ocurren dos arquetipos jungianos para analizar tal situación: La madre y el padre.

La Madre, la patria, el lugar del regazo o el sitio de acogida están casi ausentes de nuestro mundo afectivo. Llamamos “madre patria” a España, pero sabemos que ella no nos fecundó, por el contrario nos martirizó, destrozó nuestro entorno, laceró nuestra cosmogonía y ese no es el papel de una madre.

Por eso, quizás, nos refugiamos en un patriotismo lúdico-patético, un juego de contrarios, buscando mediante la construcción de ese lenguaje salir del destierro, aliviarnos del desamor materno que como sociedad padecemos. En términos simbólicos-literarios nuestra madre fue raptada y crecimos con la madrastra, ella nos impuso unas reglas distintas a las de ese mundo primigenio en el que surgimos como sociedad.

Por su parte El Padre, la figura de protección que debe proveer seguridad frente al mundo exterior (siguiendo a Jung), también es un símbolo lacerado en nuestra cultura. El padre fue asesinado, desplazado, obligado a cambiar de relato. El pueblo (padre), la patria (madre) son construcciones simbólicas desdibujadas en nuestra sociedad.

Somos huérfanos, vivimos a la deriva cultural sometidos a las costumbres de nuestros “insólitos protectores”. No es de extrañar entonces esa arraigada fijación de los colombianos frente a figuras de autoridad patriarcal, pequeños tiranos que de alguna manera nos hacen sentir que tenemos quién nos proteja, cuando en realidad están usando nuestra energía vital para acrecentar sus deseos megalómanos.

En ese sentido, la sociedad colombiana necesita la recuperación de sus símbolos, no como una idea romántica de volver a un pretérito irrecuperable, pero sí como la posibilidad de mirarse en ese pasado lacerado para potenciar el presente. Entender sus carencias, sus traumas, le permiten a una sociedad recomponer sus rumbos, mirar de manera crítica sus comportamientos culturales y emprender una nueva ruta.

Quizás podamos darle respuestas a nuestras antiguas preguntas pasando al diván y así empezar la tan necesaria emancipación simbólica de nuestra sociedad.

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