Es el momento de decirlo, no hay que esperar más: el 2019 es el año del apocalipsis. Las revelaciones que se nos han presentado en estos dos meses del año no puede indicar otra cosa diferente: en este año se arrasará con lo que hemos conocido.

Ambientes distópicos: Apocalipsis

Es el momento de decirlo, no hay que esperar más: el 2019 es el año del apocalipsis. Las revelaciones que se nos han presentado en estos dos meses del año no puede indicar otra cosa diferente: en este año se arrasará con lo que hemos conocido. Dispondremos, una vez más, de rastros y huellas para intentar construir los relatos que nos permitan, por fin (¿por fin?), saber que será de nosotros y cómo nos debemos comportar.

Sabremos, que esa idea de la edulcoración de los conceptos ya nos tomó la delantera. Veremos que la educación –lo que más importa en una comunidad- se hará sin decir “casi” nada, ya que cualquier cosa dicha en una clase será una flagrante violación a la “libertad de los estudiantes” de saber y conocer, únicamente, lo que no les perturbe nuestra ya olvidada disposición de aprender.

La deseducación se sumará a lo ya visto: el café descafeinado, la leche deslactosada, y por qué no, la “política” despolitizada, para así construir las barreras necesarias que nos impida salir de nuestro “mundo feliz”, ese que se rodea de todo lo que nos genera satisfacción y que voltea la cara, indignado, a lo que nos incomoda.

Con el apocalipsis en ciernes, una opción posible es volver al “lado correcto de la historia”, devolver lo ya escrito al punto inicial de la enunciación. Enunciar –denunciar-, por ejemplo, que los muros son muy diplomáticos y que se pueden reforzar con intimidaciones comerciales.

Que lo humanitario es una amenaza a la seguridad de un país; y que para restaurar, humanitariamente, lo poco de memoria histórica que nos queda, hay que atravesar fronteras con un puñado de víveres, llevando con ellos “transformaciones” que nos convenzan que la salvación está en el desentenderse de los caprichos económicos que devaluan, inflan y bloquean los desarrollos de los países.

Es más bonito dejar aquello que nos perturba y abandonarlo, no considerarlo, y si se quiere, desaparecerlo. Es más bonito vivir en esos mundos bucólicos, de felicidad infininita, como se nos muestra en aquellas revistas de algunas religiones. Por eso, se grita airadamente la restauración de los “valores” por todos desconocidos, especialmente aquellos que permiten reciclar guerras: contra la evolución, contra las vacunas, contra el comunismo, contra el género, contra el “ismo” que no es mi “ismo”.

Entenderemos que discutir es mercaderear apoyos invasivos para (re)construir las bases de las futuras naciones corporativistas; que convivir es negociar la punición con los detentores de la “legalidad”; que lo justo es alternar los signos y simbolos; que trabajar es continuar con ideas “fabulosas” como la esclavitud; que los privilegios permiten la exclusión y la expropiación.

Siempre, como el país feliz que se dice que somos, hay que mostrar el mejor rostro a las adversidades, pues la confianza está más allá de la física, y no requiere de manifestaciones cercanas, materiales o pragmáticas. Se avecina para nosotros la mejor oportunidad. Abracemos con entusiasmo esta dimensión apocalíptica, y como distópicamente he intentado presentarlo en estos ambientes semanales, comencemos la paciente tarea de definir eso que queremos que prevalezca, eso con lo cual no podríamos continuar nuestro mundo.

Aquí he intentado considerar solo unos pocos aspectos, una que otra dimensión. La invitación es armar, no faltaba más, nuestro relato trascendente. ¿Estaremos en él?


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