Ambientes distópicos: Vacaciones

La importancia de vacacionar, que no consiste en ir de un lugar a otro –como nos han enseñado- sino de vaciarse de la rutina, de dejar de lado las ocupaciones y las preocupaciones, de dejarse libre para reconfigurar el horizonte de sentido con el que nos ocuparemos. Por eso, ¡a vacacionar-se!

Segunda semana de este nuevo año de cuenta gregoriana. Es el momento apropiado para decir de nuevo: empezamos. Empezamos a desenvolver lo que nos ocupará estas 365 secciones en las que hemos convenido dividir –después de una atenta observación del cosmos- esos espacios de tiempo que llamamos años.

Estaremos atentos a seguir las infinitas rutinas con las que aderezamos nuestras vidas, acompañadas con las inquietantes vicisitudes del acontecer nacional e internacional, de las cuales, queramos o no, también determinan los hechos a los cuales nos enfrentamos, impávidos, esperando –cruzando dedos- que no se acerquen tanto para que no terminen afectando nuestra acostumbrada tranquilidad.

Lo bueno de todo esto, es que para una gran mayoría de nosotros, las conquistas de un sin número de trabajadores de todo el planeta han contribuido a que se tengan vacaciones, y que sean ellas las que rompan las rutinas que se acumulan a lo largo de los años, para llegar –como en un chiste macabro- con las “baterías recargadas” o “energías puestas” a afrontar los hábitos y rutinas que nos constituyen.

Es en las vacaciones –sean estás cortas o largas, sofisticadas o aventuradas, tranquilas o convulsas- donde confluyen las oportunidades cosmopolitas de aprender de uno mismo y de los otros, ya que en ellas uno se enfrenta al inesperado azar del conocimiento, el cual puede ser contemplado sin contención. De ahí, que muchos terminen espantados con esto de vacacionar, pues siempre se pone a prueba las maneras de nuestra interacción humana, que aunque se intenta refinar con normas de cortesía y de amabilidad, siempre son superadas por la asombrosa capacidad humana de innovación y de ajuste, mostrando en algunas ocasiones, el lado menos amable de nuestra humanidad.

Aprovechar al máximo el siempre breve espacio de receso vacacional, para intentar hacer lo que se dejó de lado en los días hábiles laborales y que gustaría hacer con más regularidad: el burgués hábito de leer y de tomar café (que tanto me gusta) o, en una secreta promesa de conexión cosmológica, pasar estos primeros días del año frente al sol crepuscular que se funde con el mar o donde se quiera estar, contemplando sin cesar el presente paso lento del tiempo.

Con estas pequeñas acciones, siento que los siempre pocos días de receso han valido la pena, para querer esperar con ansias el nuevo corte de tiempo vacacional, en un ciclo finito de hacer y deshacer que finalizaría –que así sea- hasta que la maltrecha pensión se posicione sobre aquellos pocos que aún puedan acceder a ella.

Porque no hay que olvidar que esas vacaciones que ahora disfrutamos, no fueron y no son para todos, que muchos no han podido nunca tener días de receso y que puede ser, como no, que en los próximos años las revoluciones de lo capitalmente globalizado, hagan que estos pocos privilegios se transformen en tiempos compartidos, en esa absurda manera de querer que seamos nuestros propios jefes y que publicitan con insistencia para que aceptemos la existencia, mejor, la inexistencia de los periodos de receso. Será pues, en un tiempo distópico por venir, que trabajaremos todos los días para buscar beneficios y créditos que hagan de nosotros nuestra mejor pensión.

De ahí la importancia de vacacionar, que no consiste en ir de un lugar a otro –como nos han enseñado- sino de vaciarse de la rutina, de dejar de lado las ocupaciones y las preocupaciones, de dejarse libre para reconfigurar el horizonte de sentido con el que nos ocuparemos. Por eso, ¡a vacacionar-se!


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