Ambientes distópicos: Ignorancia

Oscar Javier Ayala Serrano20 diciembre, 20185min426
Hay frases comunes y populares que suelo poner en entredicho cuando son expresadas con la autoridad que, sólo la consuetudinaria costumbre, puede dar. Una de ellas es “la ignorancia es atrevida”: cada vez que la escucho salto a defender lo contrario, tratando de explicar que ignorar es, precisamente, atreverse y que, por ignorar algo, no se puede descalificar a una persona que aún no ha accedido a ese conocimiento puesto fuera de su alcance.

Detrás de frases como ésta se esconde una soterrada pasión de “clase”, que pone un tipo específico de conocimiento –con sus gustos y refinamientos manidos- por encima de otros, y en el que actúa esa forma vetusta de “civilización” con la cual se llevó –y se lleva- a cabo la colonización de las ideas que se encuentran por fuera de lo que queremos conocido por nosotros. Sólo es recordar los momentos en lo que usamos o escuchamos esta frase, para reconocer que su uso está enmarcado en un intento por descalificar a otro y mostrarlo como falto de conocimiento específico que lo lleva, en algunos casos, a hablar de lo que no sabe y en otros, a mostrarse un poco orate.

Solo sé que nada sé, diría Sócrates. ¿Es acaso el conocimiento finito? ¿Todo lo que nos jactamos de conocer es algo que no puede ser rebatido después? Esto parecer ser lo que está detrás de esta recurrente enunciación que ignora que el conocimiento siempre es infinito, puesto que a cada momento vemos que lo que sabíamos ayer, termina siendo apabullado con lo que sabemos hoy y con lo que conocemos mañana. Somos seres, naturalmente ignorantes y por eso mismo, atrevidos.

Sucede que tenemos visos de claridad cognoscible, y con ella nos movemos por los diferentes mundos que lo conocido nos propone. Cada mundo conocido tiene un movimiento dispar dentro de los otros mundos conocidos, haciendo que lo que se conozca en uno se desconozca en otro. De estos diferentes mundos partimos para generar exclusión o para gritar comprensiones que aún no han sido consideradas.

Cada uno de nosotros desconoce algo que otro conoce, y que por esa inevitable situación, se debe intentar hasta el cansancio, poner en contexto a los otros de las herramientas necesarias que les permitan acceder a ese conocimiento ignoto, y ampliar su comprensión. También se debe tener presente que la acción del conocimiento siempre produce un poco de incomodidad, ya que no hay conocimiento sin desprendimiento. De ahí radica las incontables luchas por abatir los desconocimientos, que son tan necesarias como infructuosas: hay que insistir hasta que lo desconocido se torne conocido, y eso es una tarea de todos que solo podremos lograr si generamos la humildad necesaria que permita conocer sin discriminar.

Aunque pareciera que fuera así, no hay personas ignorantes (ignoramos que somos ignorantes). Hay personas que por razones personales, sociales, económicas o culturales no han construido los elementos necesarios que les permitan conocer lo que otros han conocidos. Y hay que insistir en esto: es la disparidad entre lo que uno conoce –que ha asumido este conocimiento como rasgo distintivo de su personalidad- y el otro desconoce, lo que genera la presunción de sapiencia con la cual se discrimina al que ignora algo específico.

Todos somos conocedores, todos tenemos sabiduría. De no ser así no podríamos ni siquiera conversar con nadie fuera más que nosotros. Lo que odiamos con tanta fuerza, es lo que ya hemos aprendido no sea del conocimiento de todos, y por eso levantamos nuestra furia al ver la alevosía de aquel que nos confronta y que no conoce lo que nosotros conocemos.

Dejar de lado estas pretensiones y construir juntos ese conocimiento que queremos que todos tengan podría ser un inicio, haciendo los ajustes a nuestro comportamiento diario para influir con nuestro ejemplo en el comportamiento de los otros. Actuando así dejaremos de ignorar a los otros que también nos ignoran, sin olvidar a su vez, que en nombre de la ignorancia defendemos y enmascaramos responsabilidades que sí ameritan de nuestra atención.


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