Ambientes distópicos: Guerra

Administrador La Pipa31 enero, 20195min123
En estos últimos días se han escuchado voces airadas y se han visto ceños fruncidos –“¡plomo es lo que hay, plomo es lo que viene!”- llamando, con una insistencia “inconsciente”, a continuar con esa guerra fratricida, casi eterna, en la que estamos desde antes de la llamada Patria Boba.

 Los ingentes esfuerzos que se hicieron para superar este último envión de guerra que se fraguó desde mediados del siglo XX, el Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera, están siendo atacados por una masa voraz que sólo ve en la muerte, la única opción para superar sus diferencias y desavenencias.

Ya se están viendo los resultados de las predicciones que mandaban “hacer trizas los Acuerdos”. Con la torpeza de los que hacen la guerra se construyen los argumentos que insuflan, sin querer pero queriendo, la energía necesaria para que continuemos en la estúpida danza de destrucción de esa minúscula confianza que habíamos logrado.

Se sabía que no era fácil. Se sabía que después de 50 años de tiros cruzados, se necesitaría de 3 generaciones, como mínimo, para recomponer nuestro maltrecho tejido humano. Pero se quiere seguir viviendo bajo la amenaza latente de la desaparición forzada, que nos hace mirar de soslayo lo poco que nos ayudaría a pensar otras opciones con las cuales hablar de nosotros con los “otros”, esos a los que tanto nos esforzamos por desconocer.

No hemos aprendido nada de nuestros muertos. O bueno, hemos aprendido que ellos son la “solución final” a todos nuestros disensos. Es tan así, que en vez de agotar todas las herramientas del diálogo, sólo se llama a que se “nos devuelva el país” (¿a quién?), volviendo, cómo no, a la cruenta guerra que se ha pegado a nuestra geografía como un sismo que lo quiebra todo.

Y como guerra es lo que quiere, guerra es lo que se fabrica. Cada nueva noticia se hace para generar la urgencia que permita entregar nuestras seguridades a los gobiernos de turno que, con la excusa de la salvación –(¿se salvará esa “gente de bien”?), tomarán “todos los medios de lucha” a su alcance para apaciguar nuestros pesados ánimos.

Ahora, el Ejercito de Liberación Nacional se tomará nuestro ecosistema mediático y será el depositario de todos nuestros odios, como lo fue hace unos años las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Actuará como expiador de culpas, sicoanalista; develará profundos y oscuros deseos y nos santiguaremos, píadosos, frente a nuestras comunidades.

Con él se podrá decir, que ahora sí, por fin, volveremos a ser una país decente, después de guerrear contra ellos y acabarlos. Y, con la boca llena de sangre, alimentaremos nuestras energías para desolarnos.

Olvidaremos todos nuestros problemas –la guerra nos da de que hablar- y malviviremos desplazados de nuestra conciencia, como lo hemos hecho en las 5 décadas pasadas. Subiremos unos puestos más en el listado de los países más felices, y nos regodearemos por ser la “democracia” más robusta del continente. Sí, así es la guerra, ¡democrática!, contradictoria.

Solo qué, después de todas las pequeñas y grandes guerras, de las de antes y de las de ahora, de la Primera Guerra Mundial –esa Gran Guerra que quiso ser la guerra que acabará todas las guerras, como lo recuerda insistentemente Juan Esteban Constain en su libro Ningún tiempo es pasado (por cierto, bonito título para un libro)-, de la Segunda Guerra Mundial y de, la casi Tercera Guerra Mundial, hay que reconocer que la guerra es la distopía por excelencia: ¿será por eso que nunca la dejaremos?


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