Ambientes distópicos: Confusión

¿De qué hablamos? Es quizás, una pregunta con la que nos enfrentamos para seguir el acelerado hilo de asuntos que solemos llamar “noticias”, saltando de una a otra, tratando de encontrar la conspiración que se ajuste a este frenesí noticioso y especulador, para ver sí, por fin este mundo tendrá futuro.

Hace una semana, precisamente, el día antes a que detonara la acción violenta en la Escuela de Cadetes de Polícia General Francisco de Paula Santander, escribía:

¿De qué hablamos? Esta es, quizás, una pregunta con la que nos enfrentamos frecuentemente para seguir el acelerado hilo de asuntos que solemos llamar “noticias”, saltando de una a otra, tratando de encontrar la conspiración que se ajuste a este frenesí noticioso y especulador, para ver sí, por fin, estaremos a punto de inducción, a punto de saber sí este mundo tendrá futuro.

Ahora sé, con certeza, cual es hilo noticioso con el que nos atafagamos desde hace una semana.

Es triste volver a ver, a sentir, a vivir, ese espectro de terror con el que nos han acostumbrado en este país. Es terrible considerar que el miedo diario con el que vivimos al final del siglo pasado –atentados y explosiones sin fin- no se ha superado, y que estamos al borde de un nuevo ciclo, más ruin, de horror y de muerte, tan inconsciente para nosotros. Es triste pensar que los colombiamos somos seres que sólo queremos nuestro deceso.

Pero es más penoso ver la “trama”, esos hilos “noticiosos y especuladores”, que se levantan después de ese inombrable atentado, intentando construir ese “estado de opinión” –como lo propuso un peligroso expresidente hace unos años- que quiere plegar nuestra atención para llenarla de melancolía y de falsa compasión, haciéndola que se dirija, muda, hacia el lugar de la aceptación, cruda, de este nuevo ciclo de terror: ¿queremos levantar nuestros puños airados para dejar de lado la incipiente paz que con gran esfuerzo apenas estamos empezando a construir?, ¿no queremos que estén más con nosotros los “otros”?

Y justo en el mismo momento que nos contagiamos de estos hilos, perdemos otros, los olvidamos. Pasamos de una conmoción a otra solo para continuar, más tarde, con otra igual. Son hilos que se tejen y que van llevándonos al escepticismo. Ya ni sabemos cual de todos fue peor.

Hay que recordar, como alguien lo hiciera en Facebook –que contradicción-, que el periodismo de las grandes cadenas de comunicación no contrastan las fuentes y, nosotros con ellos, seguimos la linea informativa oficial: ¿habremos perdido el criterio o ellos nos están imponiendo el de ellos?

Lo único que debemos perder es este estado de confusión que nos rodea, que se renueva cada día, que se muestra hosco con nuestros deseos de paz, de luchar con ese mundo corrupto que nos corrompe los huesos, de superar la poca ética que corroe el ser público: un día pareciera que estamos yendo por un camino de paz, tortuoso pero seguro, y al otro estamos cayendo en el abismo de la guerra; otro día pareciera que sí se investigan las responsabilidades penales, civiles y fiscales, pero después solo hay versiones preliminares que no son creíbles; y otro día, aparece un nuevo funcionario público que no quiere responder éticamente por sus actuaciones públicas. ¿Qué es lo que nos deparan estos confusos días?

Eso sí, que no sea sólo decir: ¡Confunde y reinarás!


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