Ambientes distópicos: Academicus…

Oscar Javier Ayala Serrano6 diciembre, 20185min34
Cada vez es más latente que no queremos escuchar las propuestas que se ponen a consideración, y cuando se hace, solo se busca debilitar lo propuesto, acudiendo a las consabidas falacias o contra-argumentando desde taimados intereses particulares.

Y en un año como este de 2018, ¿aún podemos hablar de academia? Lo pregunto, para ver si sólo soy yo el que piensa que la palabra academia se ha vuelto un comodín que pone en tensión un sin número de situaciones que a la postre, no pareciera que tuvieran mucho que ver con la “academia”, esa idea que retoma el mundo renacentista con la intención de crear espacios de discusión para personas con diferentes intereses de conocimiento.

Con los años, la palabra academia ha terminado haciendo referencia al mundo universitario y a todo lo que allí sucede, y es ahí donde su uso se torna un poco opaco.

Lo consideré así, cuando escuché a una estudiante referirse con la palabra academia a la labor que surgía de cada una de las asignaciones con la que contaba su plan de estudios: lecturas, escritura de ensayos, preparación y presentación de evaluaciones; y lo considero así ahora, cuando la palabra academia se usa como argumento para defender o enaltecer una postura dentro de una discusión, lo que es muy usual en los espacios universitarios que frecuento.

Puede ser que mis consideraciones estén erradas, pero además del uso particular que en las artes se hace a esta palabra –la academia francesa estableció todo un sistema de enseñanza de las artes que aun hoy pervive en muchos de los currículos de los programas de artes-, academia o académico siempre se me ha presentado como ese placer de discutir, de crear discursos, de discurrir por el conocimiento, tratando de llevar al máximo los aprendizajes que se hacen de un tema específico.

Pero, hay que decirlo, estamos olvidando el placer de discutir. Cada vez es más latente que no queremos escuchar las propuestas que se ponen a consideración, y cuando se hace, solo se busca debilitar lo propuesto, acudiendo a las consabidas falacias o contra-argumentando desde taimados intereses particulares. Y mucho de lo que queremos discutir, se quiere validar acudiendo a expresiones tales como: “esta es una discusión académica”, “nos caracterizamos por tratar académicamente los temas”, “no hay argumentos académicos”.

Insisto: muchas veces el uso de la palabra académico enmascara, precisamente, la falta de argumentos. En un espacio académico se debe examinar con cuidado y atención el tema que se pone a consideración, quizás sólo por el placer de conocer y de aprender, ya que la academia, como uno de los lugares de conversación, permite que se amplíen los conocimientos que hemos construido y acumulado. De ahí la importancia de los discursos, que se expanden (discurren) con el trabajo colaborativo y la emoción que suscita el tratar de comprender el pensamiento de los otros.

En mi caso particular, debo mucho de lo aprendido por dejarme permear del especial estado de discusión que se da en el mundo académico, como lo fue cuando quise controvertir el argumento que esgrimió un colega en una oportunidad: la respuesta tomó unos años, sí, pero pude contra-argumentar e intentar rebatir lo expuesto inicialmente por él.

Este es el espíritu de la academia que debe primar y el que debemos defender en el mundo universitario. Hay que alejar la necedad que hace ebullición en todo espacio de discusión, proscribir la estupidez que grita falacias para legitimar privilegios y abolir la fanfarronería narcisista que debilita una argumentación.

¡A discutir se dijo!


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