Ambientes distópicos: 14 cañonazos

lapipaco27 diciembre, 20185min833
En días de ocio contenido, Twitter se torna aún más como una fuente inagotable de mensajes que presentan y comentan cualquier tipo de temas. Uno de ellos, por ejemplo, me llevó a ver un pequeño video en donde hacían un recuento de la historia de la música en Colombia durante el siglo XX para intentar responder el por qué escuchamos el llamado “chucu chucu” todos los diciembres.

El video me hizo pensar en las maneras como nuestras emociones se juntan para hacernos sentir de una forma específica y orientadora, hasta convertirse en una marca que permite inferir –con esa costumbre decembrina- cómo somos y cómo nos definimos como colombianos. Ya llevamos un buen tiempo –valga el ejemplo- puestos en el sombrero “vueltiao” y queriendo ser esos seres felices que al parecer somos, pero aún no sabemos mucho de las razones que se han escondido detrás del posicionamiento de estos signos y símbolos como compiladores de lo que hoy se piensa que es la esencia colombiana.

Algo que resuena en esta historia de la música “chucu chucu” y su vigencia en las fiestas de fin de año, es cómo las ideas se van asentando dentro de una comunidad para volverse hegemónicas desde las clases altas hasta las clases bajas, como lo relata Norbert Elías en su libro El proceso de la civilización. Y es que en Colombia, ya estamos cumpliendo más de 50 años escuchando la música que se hizo muy popular en la década del 60 del siglo pasado, y según parece, pasarán otras décadas más antes que se instale otro sonido en estas tradicionales fiestas decembrinas. ¿Qué es lo que escuchan en otros países para estas fechas?

Estuve el diciembre pasado fuera del país y, mucha de la efusividad que se demuestra en Colombia para la celebración del fin de año y de la navidad, no es frecuente encontrarla por fuera. Fue un fin de año con una decoración sobria y de muchos decibeles menos. Para algunos esta manera ponderada de celebrar puede ser solo una manifestación del aburrimiento, pero para mí es un oasis de tranquilidad y de sentir que hay diversas maneras de celebrar.

Es faustuosa la descripción que nos hacemos de nuestra personalidad social como colombianos y la invocamos todas las veces que queremos justificar nuestras acciones descontroladas. Por eso no estaría para nada mal, querer pensar desde otros lugares nuestras celebraciones y buscar en ellas, un espacio de transición en el que lo más importante sería el escucharnos y compartir, más que un espacio ruidoso en comunidad, un lugar de intimidad para el encuentro con los otros.

Con unos amigos pensábamos en esto, e intentamos durante varios años seguidos, hacer una especial cena de fin de año por fuera de todo el frenesí festivo que nos invade cada fin de año –cada vez más desde el mes de noviembre, convirtiéndose ya en costumbres novicembrinas- y que hace que muchos pongan la atención en las compras de las decoraciones, de los regalos, de la música, de las bebidas. Buscábamos cenar para compartir, para encontrarnos y para darnos los buenos deseos para los días siguientes. Así lo hicimos hasta que la fuerza del camino nos puso por fuera de lo habitual.

Podría ser que en algún momento (mi sentimiento distópico así me lo indica), y siguiendo la idea que tuve con mis amigos, más que esos tan acostumbrados y famosos 14 cañonazos bailables, tuviéramos mejor unos 14 cañonazos compartibles, y nos diéramos la oportunidad –por muy cliché que pueda parecer- de encontrarnos durante los últimos días de cada año, bajo el cálido abrazo de una comida, con los familiares, amigos y conocidos para actualizar el conocimiento que tenemos de cada uno de nosotros y para darnos esos buenos deseos que son siempre bien recibidos.

Por algo debemos empezar.


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